Un PDF no es una carta
Se abre en otra aplicación, se descarga y hay que ampliarlo para leer un precio. La mitad lo cierra antes de llegar a los postres.
Un enlace para la bio de Instagram que, en vez de seis botones grises, enseña los platos con su precio, dice si estáis abiertos ahora mismo y lleva a reservar de un toque.
Quien te busca a las once de la noche hace tres cosas: mira si estáis abiertos, mira cuánto cuesta cenar y busca el botón de reservar. Un PDF que hay que ampliar con dos dedos falla las tres.
Se abre en otra aplicación, se descarga y hay que ampliarlo para leer un precio. La mitad lo cierra antes de llegar a los postres.
Una tabla de siete filas obliga a buscar el día de hoy y a hacer la cuenta. La pregunta era si podían venir ahora.
En una lista de enlaces la carta pesa lo mismo que el Instagram y que el «cómo llegar». Nada destaca, así que nada se pulsa.
Eliges tu sector al darte de alta y vienen puestas, con contenido de ejemplo que corriges. Las que no enciendes no existen: no dejan un hueco vacío en tu página.
Tu nombre, tu logo y de qué va la casa. Lo primero que ve quien llega de tu bio.
Cada plato con su foto, su precio y su distintivo: nuevo, picante, sin gluten. Se lee sin ampliar.
Nombre, descripción y precio, en lista. Es la forma de tener carta en el plan gratuito.
Mapa, dirección y un horario que se contesta solo. Justo lo de aquí abajo.
Una fila por sitio donde ya te reservan, cada una con el color de su plataforma. Ilimitadas, también gratis.
Con encuadre por foto: eliges el punto que no se recorta, para que el plato no salga a medias.
Las reseñas que ya tienes, donde las lee alguien que está decidiendo dónde cena.
Una barra fija abajo con la única cosa que quieres que hagan. No se pierde al bajar.
Cada una con su color de marca, no con el tuyo. Se reconocen antes de leerlas.
En el plan gratuito se encienden tres a la vez —para un restaurante suelen ser portada, carta y ubicación—. Las marcadas necesitan Pro; el resto entran en el gratuito. Ver qué incluye cada plan.
Escribes tus franjas una vez y la página las lee con el reloj cada vez que alguien entra. No es una tabla que haya que interpretar: es una frase.
Abierto · cierra a las 23:30
A las 23:20, «abierto» ya no es lo que hace falta saber. La hora de cierre sí.
Cerrado · abre mañana a las 13:00
Un «cerrado» a secas deja a alguien buscando otro sitio. Con la hora, vuelve.
Abierto · cierra a las 02:30
La franja cruza medianoche. Casi todas las webs dicen «cerrado» en tu mejor hora.
La hora que se mira es la de tu local. Ni la del servidor —que va en UTC y a las 00:30 creería que todavía es ayer— ni la de quien mira: alguien que busca tu bar desde Londres quiere saber si el bar está abierto.
El nombre, el logo y poco más. Con el sector te ponemos las secciones que suele necesitar una casa de comidas, ya rellenas de ejemplo.
Se edita encima de la propia página: pinchas un precio y lo escribes. Sin un formulario al lado y sin guardar cada dos minutos.
En la bio de Instagram, en la ficha de Google y en el cartel de la puerta. La dirección no cambia aunque cambies la carta entera.
¿No está la tuya? Escríbenos a hola@gridy.bio.
No, y ahí está media razón de ser de esto. Cada plato es una ficha con nombre, descripción y precio, y se lee en el móvil sin ampliar ni arrastrar. Con foto y distintivo —«nuevo», «sin gluten»— en el plan Pro; en el gratuito la carta va en lista, con su precio al lado.
Gratis para siempre. Sin tarjeta. Publicado antes del próximo servicio.
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